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Lucha encarnizada

Libros, libros y más libros. Si el saber no ocupa lugar toda esta información que recibo debería alojarse en mi cerebro, sin más. Pero no. Todo tiene que ser complicado porque si no la vida no sería para nada divertida. No lo entiendo. Retengo sin esfuerzo aparente diálogos de series, fechas estúpidas, cualidades informáticas o características de diferentes cámaras de fotos. ¿Es mucho pedirle a mi cerebro que coopere si estoy centrándome en un determinado temario? ¿Por qué se resiste a ayudarme? Es MI cerebro. Yo debería poder controlarlo en cierta medida. Nada. Imposible.
Ahora, sin saber ni cómo ni por qué, me encuentro en la cocina con la cabeza metida en la alacena buscando algo de comer. Cené hace menos de una hora. Estómago, no es posible que tengas hambre de nuevo.
Bravo, mis ojos se niegan a seguir leyendo. No son ni las once y media, he dormido algo más de ocho horas y ayer me quedé hasta las dos de la madrugada leyendo comics y jugando a la videoconsola. Entonces no os cerrabais ni picabais, ¿eh? Se ve que las viñetas y la pantalla no son dañinas, pero estas páginas que intento leer deben de ser radiactivas.
¡Está bien! ¡Está bien! ¡Me acuesto! Ya has conseguido que me vaya a la cama. ¡Estarás contento! Pero mientras me deslizo entre las sábanas de algodón me gustaría decirte una cosa, querido cuerpo: mañana verás, mañana ve...

Burbruja

Entonces el niño, que sabía que la Bruja del Manantial se encontraba sumergida en el fondo de aquellas aguas preparándole una emboscada, posó la punta de su zapato sobre la húmeda superficie para forzar que emergiera. Las ondas que generó el movimiento avisaron a la malvada mujer de que él había llegado. Dispuesta a hacerse con el niño para siempre, de convertirle en uno más de sus esbirros, salió a la superficie a gran velocidad. Pero aquel muchacho no era como los demás. La bruja comprendió que le había subestimado cuando, demasiado tarde, se vio envuelta en un torbellino de burbujas del que no podía salir.
Con una sonrisa triunfal, mientras observaba cómo la temida mujer pataleaba intentando salir sin éxito alguno, el valiente niño roció las aguas de aquel paraje con los polvos mágicos que completaban el hechizo del Hada de las Llanuras. De repente, toda la superficie líquida pareció hervir. Cientos de burbujas salieron del agua y rodearon a su salvador queriendo jugar con él. Al estallar, las almas de los niños engañados por la Bruja del Manantial fueron libres al fin y surcaron los cielos de vuelta a casa.

Raíces

Era preciosa. Todo el que la hubiera conocido en aquella época coincidiría, nadie en su sano juicio negaría lo evidente. Lamentablemente, los Hados del Destino no le tenían preparada una Suerte equiparable a su belleza.
Muchos hombres fueron los que intentaron acercarse a ella sin éxito. Estaba esperando. Esperaba un sentimiento que no llegaba, aguardándolo con anhelo.
Poco a poco, la cálida luz que emanaba de la más mínima de sus sonrisas se fue apagando; las flores que alguna vez adornaron sus largos cabellos se tornaron plantas trepadoras aferradas a sus tobillos impidiéndole avanzar. Seguía esperando.
Consciente de cómo su esperanza la iba consumiendo y queriendo evitar que sus seres queridos presenciaran aquella macabra degradación se refugió en el bosque cercano donde construyó su hogar; alejada del mundo pero siempre expectante.
Olvidada ya por todos, cuenta la leyenda que a través de sus lágrimas de rendición se hizo uno con el bosque; que la hiedra la envolvió y la hizo suya acaparando así su ya marchita belleza, devolviéndosela después con una condición. Nadie se adentra ahora en el bosque pues una hermosa dríade habita en él. Dicen que su llanto por lo no conocido es tan conmovedor que aquél que lo escucha siente la irrefrenable necesidad de permanecer con ella para siempre, de hacer de la vegetación su hogar, su prisión; de intentar consolarla en la eternidad.



Roots

She once was beautiful. Anyone who had met her those days would agree, no one mentally sane could deny the obvious. Unfortunately fate did not parallel the destiny of such beauty.
A myriad of men unsuccessfully attempted to get closer to her. She waited. She hopelessly sought feelings that never materialized.
The luster of her smile dimmed. The flowers adorned to her hair grew as a weed, binding her to the very earth. She kept waiting.
Being conscious of how her hope was consuming her and not wanting her beloved ones to contemplate that macabre degradation, she looked for shelter in the woods, where she built her home; she was away from everyone but, still, waited expectantly.
Already forgotten, legend says that through her desperate tears of surrender she became one with the forest; that ivy wrapped herself up and made her one of them, taking away her faded beauty just to give it back to her on one condition. Nowadays no one gets near the woods, as a breathtaking dryad lives there. Rumours say that her crying for the unknown is so moving that anybody who listened to it would feel an unrestrained need of staying with her forever, of making the woods his home, his prison; of trying to comfort her in eternity.